Page 14 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Amitis,  hija  de  otro  sátrapa  persa.  Alejandro  debía

            pensar que al darle su mano le había concedido un gran


            honor, pero aquella mujer flaca y feúcha que lloraba

            cada  vez  que  copulaban  no  le  había  dado  más  que

            insatisfacciones.



                  —Tú sabes que hay que hacerlo —insistió Roxana—

            . Alejandro debe desaparecer.


                  —Lo sé, pero yo no le odio como tú.


                  —Sí  que  le  odias.  Lo  que  pasa  es  que  no  eres  lo

            bastante  hombre  para  reconocerlo.  —Esta  vez  la


            sonrisa de Roxana fue cruel, y por lo tanto sincera.


                  Pérdicas apartó el visillo que rodeaba la cama y bajó

            al suelo. Las baldosas estaban tibias bajo sus pies: sólo


            empezarían a enfriarse en las últimas horas de la noche.

            Pasó  al  lado  del  hercúleo  esclavo  sordomudo  que


            agitaba el flabelo para darles aire, tomó del velador una

            copa de vino muy aguado y se acercó a la ventana. Al

            hacerlo vio su propia sombra en la pared, proyectada


            por las llamas de la lámpara. Era casi triangular, como

            las figuras de los antiguos jarrones atenienses: cintura

            escurrida y hombros anchos y rectos. Para tener treinta


            y siete años conservaba el cuerpo de un hombre mucho

            más  joven.  Otros  generales  como  Seleuco  o  Leónato

            habían tenido que confeccionarse corazas nuevas para


            poder ceñírselas a la barriga, pero a él aún le servía la

            que utilizó en el Gránico, su primera batalla en suelo


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