Page 12 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Allí conoció a Roxana y, sin consultar con nadie, le
pidió su mano a su padre Oxiartes, gobernador de
Bactria. Aquello provocó el estupor de quienes le
habían visto demorar el matrimonio con diversas
excusas y sabían que había partido de Europa sin
cumplir el deber dinástico de engendrar primero un
heredero para el trono de Macedonia.
Pero Pérdicas no podía culpar a su amigo y señor,
pues él mismo se había rendido a los brazos de Roxana
durante el crucero en que bajaron por las aguas del
Indo, cuando las angosturas del barco habían creado
una intimidad a la que resultaba difícil escapar. Ay, si
no hubiera aceptado la invitación de Alejandro de
viajar en la nave capitana, no estaría pensando en
envenenar a un rey...
—¿En qué piensas? —preguntó ella al darse cuenta
de que las pupilas de Pérdicas se habían contraído,
desenfocadas en la lejanía.
—En por qué odias tanto a Alejandro —mintió él.
—Te lo he explicado muchas veces —contestó
Roxana, apartando la mirada de él para examinar las
flores de oro espolvoreado pintadas en sus uñas.
Era cierto. Pérdicas se sabía de memoria los motivos
de ese odio. Roxana aborrecía a Alejandro porque,
pasado el primer entusiasmo, ya no compartía su lecho
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