Page 15 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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asiático.
—No le odio —repitió, más para sí que para
Roxana—. Pero ya no le admiro como antes.
El Éufrates era un espejo negro en el que nadaban
mil luciérnagas acuáticas, reflejos de la gran ciudad. Al
otro lado del río se levantaba el Esagila, el gran templo
del dios supremo Marduk, con su fabulosa torre
escalonada Etemenanki. Las antorchas de los obreros
que la estaban restaurando seguían encendidas, y el
sonido de los picos y las voces de los capataces llegaba
a ratos traído por los caprichos de la brisa, pues
Alejandro había ordenado que se trabajara día y noche
para devolver a Etemenanki su antiguo esplendor.
¡Babilonia! Cuando Pérdicas y los demás
Compañeros del Rey eran quince años y un millón de
muertos más jóvenes, leían una y otra vez los
comentarios y relatos de Heródoto sobre aquella
ciudad. Pero lo que había escrito sobre Babilonia se
quedaba corto. Aquella ciudad tenía dos mil años,
mucho más que los más vetustos linajes griegos, y
dentro de sus murallas se aglomeraba cerca de medio
millón de personas; nadie lo sabía con exactitud,
porque era imposible hacer un censo exacto. Con tal de
no pagar impuestos, los babilonios, los hombres más
pícaros del mundo, mentían lo que fuera menester.
Babilonia... Qué distinta había sido la segunda
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