Page 535 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Al acercarse al pie del árbol, Neo comprendió la
razón. Era allí donde estaba Argo, tendido en el suelo
panza arriba. Alguien le había clavado las cuatro patas
al césped con sendos clavos de cobre, le había rajado el
cuerpo desde el cuello hasta la cola y había separado la
piel a ambos lados dejando al descubierto las costillas
y las vísceras. Neo se quedó mirando fijamente al
cadáver, incapaz de apartar los ojos de él. Quería creer
que la muerte del pobre cachorro había sido rápida.
A los gritos de las niñas acudió primero el aya, y no
tardaron en llegar también su madre y Roxana.
Cleopatra se puso pálida y tuvo que apartarse para
vomitar tras unas flores. Mientras la criada la atendía,
Roxana se acercó al cadáver y frunció el ceño.
—Esto es obra de magia negra —dijo, mirando a
Neo—. Algún perverso enemigo alberga malos deseos
contra los habitantes de esta casa. Por suerte, conozco
rituales de purificación más poderosos que cualquier
magia griega o bárbara. Venid conmigo: el fuego de
Ahura Mazda nos protegerá a todos.
Mientras se apartaban del árbol, y Roxana daba
órdenes para que arrancaran de allí el cadáver del
cachorro y lo quemaran, Neo, incapaz de llorar como
sus hermanas, se preguntó si la bactria sabía hasta qué
punto era perverso aquel enemigo.
Informe del agente Sinón para Heracles‐Melqart
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