Page 532 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—Argo no ha venido a despedirse de ti.


                  —No te preocupes.


                  —Es que no lo encuentro. Le llamo, pero no viene.


                  —Se  habrá  quedado  dormido  en  el  jardín.  Es  tan


            pequeño todavía que basta con que se ponga debajo de

            un matorral para que no se le vea.


                  —Pero yo quería que le dijeras adiós a Argo.


                  Aunque no era más que una bobada, el capricho de


            una niña de tres años, a Pérdicas le encogió el corazón.

            Basta de sensiblerías, pensó, dejándola en el suelo. Pero

            entonces  Neoptólemo  se  abrazó  a  él  apretándole  la


            cintura con fuerza, como nunca antes lo había hecho, y

            a Pérdicas se le empañaron los ojos. Respiró hondo por


            la  nariz,  fingió  que  le  escocían  los  ojos  para  poder

            frotárselos y le dijo al niño:


                  —Cuida  bien  de  tus  hermanas  y  de  tu  madre.

            Vuelves a ser el hombre de la casa, Neoptólemo.


                  —Sí, padre —respondió él. No era la primera vez


            que el muchacho le llamaba así, pero sí fue la primera

            vez que Pérdicas se lo creyó.


                  Neo  se  quedó  mirando  cómo  los  caballos  que


            llevaban a Pérdicas y a sus asistentes se perdían calle

            arriba, hacia la mansión de Alejandro. No sabía por qué


            estaba tan triste. O sí lo sabía, pero le daba rabia. Al

            principio, cuando su madre se casó con Pérdicas, Neo


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