Page 547 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
P. 547
Cornelia, tan enamorada de su marido que era incapaz
de despegarse de él, se había tomado mal aquella
broma. Pero en cualquier caso no era cierto. Los
romanos, como las matronas ahorradoras, nunca
tiraban nada, y si bien habían esculpido una estatua
nueva de Juno, la antigua efigie de terracota se había
quedado junto a la de su marido para vigilarlo de cerca.
Gayo se levantó antes de que amaneciera y tomó un
frugal desayuno mientras su barbero le afeitaba las
mejillas y el mentón. Después se bañó, se puso una
túnica limpia y sobre ésta la toga, un manto
semicircular de lana de un blanco inmaculado. Antes
de salir de casa pasó a ver a Lila. La niña dormía en su
cama con gesto plácido. A pesar de que habían vuelto
a rasurarle la cabeza para evitar una infección, y de las
cicatrices de la sien, a Gayo le pareció más guapa que
nunca. Le dio un beso con cuidado de no despertarla y
salió de la alcoba. Mientras atravesaba el atrio, pensó
en subir a la habitación de su esposa para interesarse
por su salud, pero se dijo que Valeria era capaz de
vomitarle en la toga recién puesta y decidió dejarlo
para otro momento.
—¿Vas a salir solo, señor? —le preguntó el esclavo
de la puerta.
—Sí, Atilio.
—Puedo avisar ahora mismo a Lucio y Esteno.
547

