Page 550 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Julio no añadió que Lila se estaba reponiendo gracias a

            los cuidados de Néstor. A Imperioso no le caían bien


            los extranjeros. En realidad no le caía bien casi nadie.

            El propio Gayo, por alguna razón que no alcanzaba a

            comprender, era una de las excepciones, y ni siquiera


            eso le salvaba de las reprimendas del viejo.


                  De  todos  modos,  Imperioso  podía  permitirse

            regañar a quien quisiera. A sus ochenta años, llevaba


            diez siendo el princeps senatus. Aunque se trataba de

            un  puesto  honorífico,  ya  que  las  reuniones  las

            presidían  los  cónsules  o  el  dictador,  el  príncipe  del


            Senado  poseía  gran  prestigio  y  autoridad  entre  los

            demás. Y en el caso de Tito Manlio Torcuato Imperioso,

            su dignidad se veía acrecentada por la reputación de


            dureza  que  hacía  que  lo  conocieran  como  «el  viejo

            terrible».


                  La historia de Torcuato Imperioso y su hijo había


            llegado  a  ser  proverbial,  como  una  fábula  que  se

            contaba para ilustrar el carácter romano. Cuando Gayo


            tenía  cinco  años,  los  romanos  se  habían  enfrentado

            contra sus aliados latinos, que pretendían conseguir los

            mismos  derechos  de  ciudadanía  que  ellos.  Ambos


            bandos  formaron  con  sus  legiones  a  los  pies  del

            Vesubio. Los cónsules, Imperioso y Decio, ordenaron

            disciplina  total  en  las  filas:  nadie  debía  acercarse  al


            campamento enemigo, ni para confraternizar con los



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