Page 548 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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—No  pasa  nada.  Las  cosas  están  tranquilas  en  la

            ciudad. Algo bueno se puede decir de nuestro amigo


            Papirio: cuando él está al mando, los únicos porrazos

            en Roma los pega él.


                  El día había amanecido nublado. Estaba siendo un


            verano muy raro: tan pronto sufrían una canícula tan

            insoportable que hasta las lagartijas se escondían bajo

            las piedras, como de repente se encapotaba el cielo y


            caía un aguacero. Hoy el aire era fresco, al menos de

            momento. Gayo lo agradeció, pues aunque la toga que

            usaba en verano era de lana fina, al cabo de un rato


            acababa agobiándolo.


                  Bajó  por  el  Argileto,  dejó  a  la  izquierda  la  Curia

            Hostilia,  donde  se  reunía  normalmente  el  Senado,  y


            entró en el Foro. Pese a que era temprano, ya estaba

            muy  concurrido.  Aparte  de  los  comerciantes  y

            compradores  habituales,  había  muchos  ociosos


            esperando a conocer el resultado de las deliberaciones

            del Senado. Era comprensible. Todos ellos tenían hijos,


            nietos o hermanos alistados en las legiones que debían

            afrontar la amenaza de Alejandro.


                  Había más togados como él que dirigían sus pasos

            hacia el Capitolio, la mayoría en grupos o escoltados


            por clientes o esclavos, y la gente se apartaba a su paso.

            En cambio, cuando vieron a Gayo Julio se acercaron, le

            formaron un pasillo a ambos lados y le aplaudieron.



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