Page 549 - Negrete Javier - Alejandro Magno Y Las Aguilas De Roma
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Algunos le palmearon la espalda entre gritos de
«Caisar uictor!», y una joven frutera tuvo el descaro de
plantarse ante él, darle un rápido beso en los labios y
salir corriendo. En ese momento la multitud
prorrumpió en silbidos, y Gayo sonrió y levantó la
mano para saludar.
Al llegar a la empinada escalera que subía hacia la
ciudadela de la Arx, se encontró con Torcuato
Imperioso, que iba acompañado por otros senadores
casi tan viejos como él. Cuando Gayo pasó a su lado, el
anciano levantó la barbilla hacia él y arrugó la boca,
utilizando la nariz a modo de mira para fijar mejor en
él la poca vista que le quedaba.
—Oh, oh. ¿Éste que ven mis ojos no es el joven Gayo
Julio?
—Así es, honorable Torcuato —respondió Gayo,
que había albergado la esperanza de pasar de largo.
—Tu abuelo y yo fuimos muy buenos amigos —le
dijo el anciano, agarrándole por el codo con unos dedos
que aún conservaban buena parte de su fuerza—. ¿Te
lo he comentado alguna vez? Anda, sube este trecho
conmigo.
—Será un placer para mí.
—Dime, ¿qué tal tu hermana?
—Bien. Los dioses nos han sido propicios. —Gayo
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