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Sombras en fuga ‐ Orson Scott Card
Los niños no tenían una perspectiva de largo plazo.
Pero si él los cuestionaba en este aspecto, quedarían
desconcertados. Sostendrían que ellos sí pensaban en el
largo plazo. Solo que no entendían cómo el «largo plazo»
se aplicaba a sus decisiones inmediatas.
Y era natural. Aprenderían a moderarse y controlarse
tal como siempre aprendían los niños, al tropezar con la
conducta inmoderada y descontrolada de otros niños.
Pero entretanto Bean temía por ellos. No le quedaba
mucho tiempo de vida. Constantemente sentía sus
trabajosas palpitaciones; se desvelaba pensando que su
corazón estaba al acecho en su pecho. Moriría mucho
antes de que tuvieran la madurez suficiente para dominar
sus impulsos, mucho antes de que hubieran aprendido a
llevarse bien.
Ellos creían que se entendían unos a otros, y en
muchos sentidos se entendían. Pero ninguno era capaz de
entender su propio carácter. Eran tan pequeños que aún
creían que el motivo que conocían era el auténtico
impulso de sus actos. Un adulto podía pensar: No, no diré
eso, porque en realidad solo siento envidia de él y él no
ha hecho nada malo. Pero el niño no tenía conciencia de
la envidia, solo de la furia, así que lanzaba críticas,
insultos y provocaciones, y el daño era irremediable. Se
perdía la confianza.
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