Page 28 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
P. 28
de Piel del Río. Encerrados en aquel santuario monacal (con
los retorcidos e intrincados ventanales de su cúpula de cristal
apuntando hacia el este, hacia el corazón del distrito),
despreciados por sus mayores, pequeñas bandas de jóvenes
cactos se apoyaban contra los edificios cerrados y los carteles
baratos. Jugaban con cuchillos. Sus espinas formaban
violentos patrones, y la piel verdosa había sido atormentada
con extrañas escarificaciones.
Miraron el taxi con interés.
La calle Shadrach descendió de repente. El taxi se
encontraba en un alto, donde las calles se curvaban abruptas
hacia abajo. Lin y el conductor tenían una vista clara de las
cumbres grises, salpicadas por la nieve, de las montañas que
se alzaban espléndidas al oeste de la ciudad.
Antes de que el taxi llegara al río Alquitrán.
Desde las ventanas oscuras situadas en las riberas de
ladrillo, algunas bajo el nivel del agua, llegaba el grito
apagado de los zánganos industriales. Eran prisiones,
cámaras de tortura y talleres, así como sus híbridos
bastardos, las fábricas de castigo, en las que se condenaba a
los rehechos. Las barcazas se abrían paso como podían por
aquellas negras aguas.
Aparecieron los pináculos del Puente Nabob, y más allá,
con las cubiertas de pizarra como hombros ateridos, con
muros podridos salvados del derrumbamiento por arbotantes
y cemento orgánico, con su peculiar hedor, se abría paso la
confusión de Kinken.
Sobre el río, en la Ciudad Vieja, las calles eran más
angostas y oscuras. El pterapájaro se desplazaba inquieto
entre edificios resbaladizos por el gel endurecido de los
27

