Page 30 - La estacion de la calle Perdido - China Mieville
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con cientos de años. La patética arquitectura contrastaba
claramente con la gran mole gris de otra torre de la milicia
que se alzaba al norte. Los tejados sorprendían por su
exagerada pendiente. Las ventanas estaban sucias y
manchadas con oscuros patrones. Podía sentir el leve
zumbido terapéutico de las médicos khepri en sus
consultorios. Un humo dulce se alzaba de la multitud: khepri,
en su mayoría, pero con algunas otras razas aquí y allí,
investigando las estatuas que llenaban la plaza: figuras
animales y vegetales, monstruosas criaturas de cinco metros
de altura. Algunos de los seres eran reales y otros
imaginarios, pero todos habían sido elaborados con esputo
khepri de brillantes colores.
Representaban horas y horas de labor comunitaria. Grupos
de mujeres khepri habían trabajado durante días, hombro con
hombro, mascando pasta y bayas de color, metabolizando,
abriendo las glándulas de la parte trasera de sus cuerpos de
escarabajo y segregando un espeso (y mal llamado) esputo
khepri, que se endurecía al contacto con el aire en una hora,
dejando un material suave, frágil, de brillo perlado.
Para Lin, las estatuas representaban la dedicación y la
comunidad, imaginaciones en bancarrota retirándose a una
heroica grandiosidad. Por eso ella vivía, comía y escupía su
arte en soledad.
Dejó atrás los puestos de frutas y verduras, las señales
caligrafiadas con mayúsculas irregulares prometiendo
gusanos caseros de alquiler, los centros de intercambio de
arte, con todo el material necesario para las artistas
glandulares khepri.
Otras khepri la observaban. Su falda era larga, brillante,
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