Page 110 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            riberas de basura...

               —¿Quién te crees? ¿Florence Nightingale?

               Las  bromas  sobre su profesión y su homosexualismo habían dejado de irritar, desde hacía
            mucho tiempo, a Juan. Conocía el mundo, conocía su mundo, iba a distinguir entre lo superfluo —
            es joto, es matasanos— y lo necesario: darle un alivio al heroinómano, convencer a la familia del
            sidoso que lo dejaran morir en su hogar, carajo, hasta echarse un mezcal con el teporocho...

               Ahora sentía que su lugar estaba aquí. Si las autoridades norteamericanas  le  negaban
            servicios  médicos  a  los trabajadores mexicanos, él, Florence Nightingale, se convertiría en un
            hospital ambulante, iría de casa en casa, de campo en campo, de Texas a Arizona, de Arizona a
            California, de California a Oregon, agitando, dispensando  medicinas,  recetando,  animando
            enfermos, denunciando la inhumanidad de las autoridades...

                —¿Por cuánto tiempo viene a los Estados Unidos? —Tengo una visa permanente hasta el año
            2010. —No puede trabajar, ¿sabe? —¿Puedo curar?

               —¿Qué cosa?

               —Curar, curar enfermos.

               —No hace falta. Aquí tenemos hospitales. —Pues se les van a llenar de indocumentados.

               —Que  se  regresen  a  México. Cúrenlos allí. —Van a ser incurables, aquí o allá. Pero están
            trabajando acá, con ustedes.

               —Nos sale muy caro atenderlos.

               —Más caro les va a salir atender epidemias si no previenen enfermedades.

               —Usted no puede cobrar por su trabajo, ¿sabe? Juan Zamora sólo sonrió y pasó la frontera.
            Ahora, del otro lado, por un instante, se sintió en otro mundo. Le asaltó una sensación de vértigo.
            ¿Por dónde iba a empezar? ¿A quién iba a ver? La verdad es que no creyó que lo dejaran pasar.
            Fue demasiado fácil. No esperaba que las cosas le salieran tan bien. Algo  malo  iba  a  pasar.
            Estaba del lado gringo, con su botiquín y sus medicinas. Escuchó  un  chirrido  de  llantas,  los
            disparos  parejos,  el  cristal  roto,  el metal perforado, el impacto, el estruendo, el, grito: ¡Médico!
            ¡Médico! llegaron los gringos (¿quiénes son, quiénes son, por Dios, cómo pueden existir, quién los
            inventó?) llegaron gota a gota, llegaron a las tierras deshabitadas, olvidadas, injustas, olvidadas
            por la monarquía española y ahora por la república mexicana, aisladas, injustas tierras, donde el
            gobernador mexicano tenía dos millones de ovejas atendidas por dos mil setecientos trabajadores
            y el oro puro de las minas del Real de Dolores jamás regresaba a las manos de quienes primero
            lo tocaron, donde la guerra entre realistas e insurgentes debilitó la presencia hispánica, y luego la
            constante  guerra  de  mexicanos  contra  mexicanos, el paso angustioso de una monarquía
            absolutista  a  una  república  federal democrática: que vengan los gringos, ellos también son
            independientes y democráticos, que entren aunque sea ilegalmente, cruzando el río  Sabinas,
            mojándose las espaldas, mandando al carajo la frontera, dice otro joven enérgico, delgado,
            pequeño, disciplinado, introspectivo, honrado, tranquilo, juicioso y que sabe tocar la flauta; todo lo
            contrario de un hidalgo español, se llama Austin, él trae a los primeros colonos al río Grande, al
            Colorado y al Brazos, son los viejos trescientos, los fundadores de la texanía gringa, les siguen
            quinientos más, desatan la fiebre de Texas, todos quieren tierras, propiedad, garantías, y quieren
            libertad, protestantismo, proceso legal, jurados populares pero México  les  ofrece  tiranía,
            catolicismo, arbitrariedad judicial, quieren esclavos, derecho de la propiedad privada, pero México
            ha abolido la esclavitud, atentando contra la propiedad privada, ellos quieren que el individuo haga
            su regalada gana México, aunque ya no lo tenga, cree en el Estado español autoritario que actúa
            para  el  bien  de  todos  sin consultar a nadie. Ahora hay treinta mil colonos de origen
            norteamericano  en  el  río  grande, río bravo, y sólo unos cuatro mil mexicanos, el conflicto es
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