Page 20 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
pero decidió no ceder, continuar normalmente, porque su relación era exactamente eso, una
relación normal, para los únicos que tenían algo que opinar al respecto, y que eran Jim y él.
Jim era demasiado sensible, tenía muy buenas antenas, y se dio cuenta de cierto malestar
nervioso en su amante. Sabía que no era atribuible a la relación entre ambos. Abrazados juntos
en la cama del norteamericano en uno de los dormitorios del colegio, Juan trató de excusarse
porque esa tarde no había podido funcionar correctamente y Jim, acariciándole la cabeza
recostada sobre su hombro, le dijo que era normal, eso le pasaba a todo el mundo. Los dos eran
médicos y debían saber bien la cantidad de estereotipos que rodeaban toda actividad sexual, del
signo que fuese, desde la masturbación que supuestamente enloquecía a los adolescentes hasta
el uso perfectamente normal de material pornográfico por los ancianos. Pero los mitos de la
homosexualidad eran los peores. Él entendía. Los Wingate no toleraban a una pareja gay. No era
la diferencia racial ni la diferencia social lo que les molestaba. Pero Juan nunca se las echó de
rico con Jim. No dijo nada. A Jim no le interesaba el pasado.
Juan trató de besar a Jim pero éste se incorporó, desnudo, enojado y dijo que era él quien no
toleraba el puritanismo repugnante de esa gente, su espantoso disfraz de bondad y su perpetua,
inviolable santidad política y sexual. Se volteó con furia a ver a Juan.
—¿Sabes a qué se dedica tu casero el señor Tarleton Wingate? A inflar presupuestos de las
compañías privadas que hacen negocios con el Pentágono. ¿Sabes en cuánto vende el señor
Wingate un retrete para los aviones de la Fuerza Aérea? En doscientos mil dólares por excusado.
¡Casi un cuarto de millón para cagar cómodamente en el aire! ¿Quién paga el gasto de la Defensa
y la ganancia de la compañía de Wingate? Yo. El contribuyente.
—Pero él dice que adora a Reagan porque acaba con el gobierno y baja los impuestos...
—Pregúntale al señor Wingate si quiere que el gobierno deje de gastar en la defensa, en salvar
bancos quebrados o en subsidiar a agricultores ineficientes. Díselo, a ver qué te contesta.
—Me llamará comunista, probablemente.
—Son unos cínicos. Quieren la libertad de empresa para todo, menos para armar ejércitos y
salvar a financieros pillos.
Le cuesta a Juan Zamora admitir las razones de Lord Jim, aceptar algo que rompe su regla de
hacerse querer y quedar bien con los Wingate y a través de ellos, con la sociedad
norteamericana. Pero esta crítica la lanza su amante, el ser que Juan más quiere en el mundo, y
la lanza implacable, enojado, sin importarle la reacción de nadie, incluso Juan.
El estudiante mexicano había temido algo así, algo que rompiera la perfecta intimidad
enclaustrada de la pareja, la autosuficiencia de los amantes. Odia al mundo, mundo metiche,
cruel, que no gana nada con entrometerse con los amantes, salvo eso, el goce malicioso de
distanciarlos. ¿Podrían otra vez gozar de la plenitud anterior a este pequeño incidente? Juan
confió en que sí, multiplicó sus pruebas de cariño y lealtad a Lord Jim, sus pequeños mimos, su
atención. Acaso, la voluntad de reconstruir algo que por ser tan perfecto algún día debía fisurarse,
se notaba demasiado.
Están otra vez juntos, con las mascarillas blancas, enguantados, disecando otro cadáver de
mujer, anciana ésta. Lord Jim le pide a Juan que le recuerde cómo era ese lugar, el palacio de la
Inquisición en México, convertido en Escuela de Medicina. Le divierte la idea de que el mismo
local sirva un día para la tortura y al siguiente para el alivio de los cuerpos. El estudiante mexicano
desvía el tema y le cuenta de la plaza de Santo Domingo y la antigua tradición de los
"evangelistas", que son unos viejos con máquinas de escribir tan viejas como ellos, sentados en
los portales y tomando el dictado de los analfabetas que quieren mandarles cartas a sus padres,
novios, amigos.
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