Page 38 - La Frontera de Cristal
P. 38
Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
Era una bruma.
No la disipó la llegada del postre, un pie de limón de merengue cuya contrapartida femenina
"Baco" temió descubrir sobre todo porque al inicio de esta aventura había visto pasar a las gordas,
deseándolas platónicamente. Con razón. Sentado frente a él, apenas se disipó el rumor del
disparo del charrito, estaba una mujer monstruosa. Si pesaba un kilo, también pesaba 326 más.
La sudadera color de rosa anunciaba su proselitismo: FLM, FAT LIBERATION MOVEMENT. Sus
brazos de anuncio de Michelín no lograban cruzarse sobre las inmensas bubis que se movían
solas dentro de la sudadera y caían como un Niágara de carne sobre el barril del estómago, único
obstáculo que encontraban para contemplar las piernas de esponja, desnudas del muslo para
abajo, indiferentes a la indecencia de los shorts arrugados. Las manos húmedas y transparentes
como la gelatina se posaron, asquerosamente, sobre las de Dionisio. El crítico se estremeció.
Quiso retirarlas. Era imposible. La gorda estaba allí para catequizarlo y él, resignado, se dijo buen
catequizado seré.
—¿Sabes cuántos millones de obesos habemos en los USA?
—Sí, lo sé.
—Ni adivines, muchacho. Cuarenta millones de lo que peyorativamente llaman "gordos". Pero
yo te lo digo, nadie puede ser discriminado por sus defectos físicos. Yo me paseo por las calles
diciéndome a mí misma, "Soy bella e inteligente", lo digo en voz baja, luego lo grito. "¡Soy bella e
inteligente! ¡No me obliguen a ser perversa!" Eso les pesca la atención. Entonces pido lo
indispensable. Obeso es Bello. Las campañas dietéticas deben ser declaradas ilegales. Los cines
y las aerolíneas deben instalar asientos especiales para la gente como yo. Basta ya de tener que
comprar dos boletos de avión para viajar sentada cómodamente.
Subió histéricamente el tono de voz: —¡Que nadie me ridiculice! Soy bella e inteligente. No me
obliguen a ser perversa. Era cocinera de un barco matriculado en San Diego. Veníamos de Hawai.
Era un carguero. Un día me paseaba por la cubierta comiendo un helado y un marinero se levantó
y me lo arrancó de la mano y lo arrojó al mar. "No sigas engordando", dijo carcajeándose. "A
todos nos repugna tu gordura. Eres ridícula." Esa noche, en la cocina, le puse una purga a la
sopa. Luego pasé gritando por los camarotes, "Soy bella e inteligente. No se metan conmigo. No
me obliguen a ser perversa", entre las quejumbres de la tripulación. Perdí mi puesto. Ojalá que tú
me prefieras. Vine porque me avisaron que andas buscando novia. ¿Es cierto? Aquí me tienes...
Oye... ¿Qué te pasa?
Dionisio retiró las manos capturadas por la gorda y se engulló el pastel para que la mujer
desapareciera pero ésta se dio cuenta del desdén y alcanzó a gritar: —¡Te engañaron, imbécil!
¡Me llamo Ruby y estoy comprometida con el novelista chileno José Donoso! ¡Sólo seré suya!
Dionisio se levantó despavorido, dejó un escandaloso billete de cien dólares sobre la mesa,
salió corriendo del American Grill y sintió nuevamente esa angustia terrible, transformándose en el
sentimiento de algo perdido, algo que debió hacer, y no sabía qué era...
Se detuvo en su carrera frente a un aparador de la American Express. Un maniquí
representando a un mexicano típico dormía la siesta apoyado contra un nopal, protegido por su
sombrero ancho, vestido de peón, con huaraches. El clisé indignó a Dionisio, entró violentamente
a la agencia de viajes, sacudió al maniquí pero el maniquí no era de palo, era de carne y hueso, y
exclamó, "Vóytelas, ya ni dormir lo dejan a uno".
Los empleados gritaron, protestaron, deja en paz al pión, déjalo hacer su trabajo, estamos
promocionando a México, pero Dionisio lo arrastró fuera de la agencia, lo tomó de los hombros, lo
agitó, le preguntó quién era, qué hacía allí, y el modelo mexicano (o mexicano modelo) se
descubrió respetuosamente.
—No está usted para saberlo, pero llevo diez años perdido aquí...
38

