Page 33 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            rostro impasible.

               No hay fascinación que no contenga su gramo de repulsión; nos reñimos a nosotros mismos
            cuando nos dejamos encantar por el ojo de la Medusa; pero en el caso de este par de vejetes
            argüenderos, secos, calvos, narigones, artríticos, fálicamente armados de puros sin encender —
            prohibido fumar— la repulsión terminó por expulsar la  fascinación  y  Dionisio,  con  impaciencia,
            empezó a manipular una botella de salsa, frotándola cada vez más nerviosamente a medida que
            el debate sin salida de George y Nathan se prolongaba, insomne, imprescindible para los  dos
            viejos, insoportable para Dionisio. El gastrónomo mexicano, para salvarse de George y Nathan,
            comenzó a pensar en mujeres mientras frotaba la botella, al tiempo que distinguía los signos de
            ésta,  salsa  mexicana,  salsa de chile jalapeño, súbita, mágicamente destapada desde adentro,
            como un volcán que rompe la costra antigua de su cráter y vuelve a vomitar lava mientras más la
            frotaba el del mote báquico.

               Sólo que de la botella de salsa de chile no salió la salsa misma, sino un pequeño hombrecito,
            diminuto pero distinguible por su traje de charro, su sombrero de mariachi y sus  bigotes
            zapatistas: —Patrón —dijo descubriéndose la cabeza hirsuta— me has salvado de un encierro de
            un  año. Ningún gringo me abría. ¡Gracias! ¡Ordéname y tu voluntad será servida! —terminó el
            charrito, acariciando la pistola que llevaba enfundada junto a la cadera.

               Dionisio "Baco" Rangel recordó por un momento el chiste del náufrago que lleva diez años en
            la isla desierta y un día libera al genio de la botella y cuando éste le pide que pida lo que quiera y
            el náufrago solicita una vieja muy buena, lo que se aparece es la Madre Teresa. Decidió hacerle
            confianza al charrito de la botella, idéntico, por lo demás, a la figura del  Charro  Matías  en  los
            cartones de Abel Quezada.

               —Una mujer. No. Varias.

               —¿Cuántas? —le preguntó el charrito, dispuesto, por lo visto, a poblar un harén si era
            necesario.

               —No —explicó Dionisio—. Una por cada plato que he pedido.

               —¿Con el plato, amo, o en vez del plato?

               —Eso  te  lo  dejo  a  ti  —dijo,  con cierta displicencia, acostumbrado ya a lo insólito (como
            siempre) este mexicano universal que es, fue, será nuestro  protagonista:  Dionisio  "Baco"
            Rangel—. Como el plato, con el plato...

               El  charrito hizo un paso de jarabe, disparó una vez en el aire y desapareció. En su lugar,
            aparecieron simultáneamente el mesero con el cóctel de camarones y una mujer flaca, delgada
            hasta la hambruna, con el pelo oscuro, lacio, y con fleco, flaca como la novia de Popeye o las
            modelos de Modigliani, todo lo contrario de las gordas soñadas perversamente  por  Dionisio,  y
            armada de una cocacola de dieta que se servía en cucharadas mientras miraba a Dionisio con
            ojos a la vez aburridos, irónicos y cansados. Los mismos ojos con tedio infinito que recorrieron el
            Grill mientras ella se preguntaba, con voz más larga que el Mississippi, ¿qué hacía allí y con quién
            estaba?  Él  le  dijo  que  le  había  pedido una mujer al genio de la botella. No logró asombrarla.
            Suprimiendo un bostezo, la gringa anoréxica le contestó que lo mismo había pedido ella. No hay
            peor suerte que compartir la suerte de otra persona. Ella pidió un hombre —sonrió con inmensa
            fatiga,  con  hambre infinita dejándolo a la suerte, porque cuando ella escogía, siempre escogía
            mal, entonces que otro lo hiciera por ella, ella era disponible, totalmente disponible.

               —Soy una pésima amante —dijo casi con orgullo—. Te lo advierto. Pero no acepto ninguna
            culpa. El culpable es siempre el hombre.

               —Es cierto —dijo Dionisio—. No hay mujeres frígidas. Hay hombres impotentes.

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