Page 37 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal



               Dionisio afirmó con la cabeza.

               —Quiero  y  no  quiero  a  tu  país  —Dijo  la mujer de los ojos grises y las nubes coronando la
            cabellera de miel—. Adopté a una niña mexicana. Los doctores mexicanos que me la entregaron
            no  me  dijeron  que  estaba muy grave del corazón. Aquí le hice un chequeo de rutina y me
            advirtieron que si no la operaban enseguida, no viviría dos  semanas  más.  ¿Por  qué  no  me  lo
            dijeron en México?

               —Seguramente para que no te echaras para atrás y la adoptaras.

               —Pero pudo haber muerto, pudo haber... Oh, la crueldad de México, su abuso, su indiferencia
            hacia los pobres, lo que sufren, es un horror tu país...

               —Apuesto a que la niña es linda.

               —Muy linda. La quiero mucho. Va a vivir —Dijo con los ojos transfigurados, antes  de
            desaparecer—. Va a vivir...

               Dionisio sólo miró su helado derretido y no tuvo tiempo de comerlo; la pistola del charrito—
            genio, impaciente por cumplir y desaparecer, se había disparado de nuevo y una mujer bonitilla,
            de pelo ensortijado y nariz chata, ojos inquietos y risueños, hoyuelos y jackets en los dientes, le
            sonrió  ampliamente, como si le diera la bienvenida en un avión, una escuela o un hotel, era
            imposible saberlo, las apariencias engañan, eran tan indiferentes sus facciones que podía serlo
            todo, hasta madame de un burdel. Vestía atuendo de joggista, chamarra azul polvo y sweat pants.
            Hablaba sin parar, como si la presencia de Dionisio fuese indiferente a un discurso compulsivo,
            sin principio ni fin, dirigido a un auditorio ideal de personas infinitamente pacientes o infinitamente
            independientes.

               La  ensalada  apareció, con un gesto despectivo del mozo y su censura mascullada: —La
            ensalada se toma al principio.

               —¿Crees  que  me  debo tatuar? Hay dos cosas que nunca he hecho. Tatuarme y tener un
            amante.  Hacerme  un  tatuaje  y conseguirme un amante. ¿Crees que no estoy muy vieja para
            hacerlo?

               —No. Te ves de treinta a...

               —Cuando se es adolescente, entonces sí valen los tatuajes. Pero ahora. Imagíname con un
            tatuaje en el tobillo. ¿Cómo voy a presentarme a la boda de mi propia hija con un tatuaje en el
            tobillo? Peor aún, ¿cómo voy a ir un día a la boda de mi nieta con un tatuaje en el tobillo? Qué
            más da. Mejor me hago tatuar una pompa y así sólo la ve mi amante en secreto. Ahora que me
            voy a divorciar, tuve la suerte de conocer a este hombre in—cre—í—ble. ¿Dónde crees que tiene
            su territorio?

               —No sé. ¿Quieres decir su casa o su oficina?

               —No bobo. Quiero decir cuánto territorio cubre profesionalmente. ¡Adivina! Mejor te lo digo: el
            mundo entero. Compra repuestos no patentados, ¿sabes lo que es eso?, todos los repuestos de
            maquinaria,  de  utensilios  domésticos,  de tv’s, que no pagan regalías, ¿qué te parece? ¡Es un
            genio! Sospecho que es homosexual sin embargo. No sé si sabría educar  a  mis  hijos.  Yo  los
            entrené a ir al baño desde chiquitos. No entiendo por qué hay amigas mías que entrenaron tan
            tarde a sus hijos, o nunca...

               Dionisio comió de prisa la ensalada para librarse de la señora divorciada y ella misma, con el
            último bocado de "Baco", se desvaneció. ¿La canibalicé, me canibalizó?, se preguntó el crítico
            culinario, avasallado por una creciente angustia que no sabía ubicar. Todo esto, ¿era una broma?
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