Page 35 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            rosa. También la sopa había desaparecido. Dionisio miró con desconsuelo la taza vacía. Volvió a
            sonar el disparo del charrito, el camarero sirvió el steak y una bellísima mujer, bella y elegante,
            con un traje sastre negro profundamente escotado, perlas en el cuello y brazaletes  en  las
            muñecas, perfectamente peinada, maquillada, apareció al mismo tiempo, mirándolo en silencio.

               Dionisio cortó la carne sin decir palabra, se llevó el trozo sangrante (la había pedido término
            medio) a la boca y en ese momento, cronométricamente, ella comenzó a hablar. Sí, pero no con
            él. Le hablaba a su teléfono celular, el que detenía en una mano, mientras con la otra parecía
            tocarse la división de los senos con el gesto de la mujer que se perfuma esa partitura de placer
            antes de salir a cenar.

               —Excepcionalmente,  estoy  sentada  comiendo,  ¿me entiendes?, nunca tengo tiempo de
            sentarme, como de pie, esta situación me parece anormal...

               —Pero, ¿qué tiene...? —interrumpió Dionisio, antes de darse cuenta de que la  mujer  no  le
            hablaba a él, sino al celular.

               —¿Falta? ¿Tú crees que me haces falta?

               —No, nunca dije... —decidió Dionisio equivocarse, qué desmadre...

               —Oye —continuó la bella dama del traje sastre con escote profundo y senos apenas ocultos
            por el saco cruzado—. Recibo mis faxes a un número. No tengo dirección ni nombre. No necesito
            secretarios. Mi computadora está donde yo estoy. No tengo lugar. No, tampoco tengo tiempo. Te
            lo estoy demostrando, estúpido. ¿Qué me importa que en Holanda sean la diez de la noche si en
            California con las tres de la tarde y aquí estamos trabajando...?

               —Cogiendo, digo, comiendo —se corrigió Dionisio sin que la Bella le hiciera caso, tocándose
            apenas la parte de atrás de la oreja, otra vez como si se perfumara, como si sus dedos fuesen un
            frasco de chanel...

               —Figúrate, ya ni médico necesito. ¿Ves este brazalete? Pues no es ninguna joya frívola. Es mi
            hospital portátil. Me permite tomarme un cardiograma, medir la presión arterial y hasta informarme
            sobre mi colesterol, donde quiera que esté y sin perder tiempo...

               Dionisio se preguntó si en realidad esta hermosa mujer era una enfermera disfrazada, pues un
            hospital hubiese premiado su eficiencia, pero era la premura lo que le importaba a la Divina, no la
            eficiencia, empezó a decirle a su celular (Dionisio empezó a dudar que hablara con alguien en
            Holanda; ni hablar que le hablara a Dionisio; ¿se hablaba a sí misma?): —Oye, sin tiempo, sin
            dirección, sin nombre, sin lugar, sin oficina, sin vacaciones, sin cocina, ¿qué me queda?

               La voz se le quebró. Iba a llorar. Dionisio se alarmó. Hubiese querido abrazarla, por lo menos
            acariciarle una mano, se volvía histérica por momentos, lo miró por primera  vez,  le  dijo  Sally
            Booth, treinta y seis años, nativa de Pórtland, Oregon, votada en el high  school  la  más
            predestinada  al  éxito,  tres  maridos, tres divorcios, ningún hijo, amantes ocasionales, cada vez
            más distantes, amores por teléfono, orgasmos a la distancia, amor con seguridad, sin problemas,
            sin fluidos corpóreos, la salud a salvo, no iré a un hospital, moriré en mi casa...

               Interrumpió brutalmente su flujo emotivo, su biografía instantánea, apretó la mano de Dionisio,
            dijo: —¿Para qué sirve el dinero? Para comprar a la gente. Todos necesitamos cómplices.

               Con  lo  cual,  como  las  anteriores, desapareció y Dionisio se quedó mirando un plato vacío
            donde sólo sobrevivían las huellas jugosas de un steak saignant (aunque él, explícitamente, lo
            pidió término medio).

               —Pudiste ser más cruel y menos bella —dijo el poeta simbolista francés que Dionisio, para su
            desgracia, aunque también para su placer intermitente, llevaba dentro.
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