Page 36 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal



               Tampoco esta vez su Baudelaire portátil pudo salir de la maleta; tronó la pistola del charrito y el
            mesero rubio, inesperadamente, le puso enfrente un sorbete de limón, que "Baco" identificó como
            el trou normand de las comidas francesas, el "hoyo normando" que limpia el paladar de los platos
            fuertes y los prepara para nuevos sabores. Se maravilló de que el American Grill de un centro
            comercial en las afueras de San Diego supiera de estas sutilezas, pero aún más le sorprendió
            encontrar, al levantar la mirada, a una mujer que, sin ser bella, era radiante. Eso lo supo ver en el
            acto. La cara sin maquillaje necesitaba y no necesitaba  los  afeites,  no  importaba.  Todo  en  su
            rostro  lavado  tenía sentido. Las cejas de una rubia palidez, parecidas al encuentro de arena y
            mar; los labios apropiadamente delgados, apropiadamente surcados ya por una insinuación no
            disfrazada de próxima madurez; el pelo restirado y reunido en chongo, sin importarle las primeras
            canas, flotantes como nubes perdidas sobre un campo de miel; los ojos, los ojos  de  un  gris
            profundo, gris de buen casimir, de lluvia matinal, grises como un buen encuentro, inteligente, de
            pizarrón  y  tiza,  anunciaban  su  particularidad, eran ojos que cambiaban de color con la lluvia.
            Miraron por encima del hombro de Dionisio hacia la pantalla de televisión.

               —Me hubiera gustado ser catcher de un equipo de béisbol —sonrió mientras "Baco", perdido
            en la mirada de su nueva mujer, dejaba que se derritiera el sorbete de limón—. Se requiere un
            arte especial para cachear bajo, un low catch.

               —Como Willy Mays —interpuso Dionisio—. Él sí que sabía cachear bajo.

               —¿Cómo sabes? dijo ella con verdadero asombro, con simpatía.

               —No me gusta la cocina americana, pero sí admiro la cultura, los deportes, el cine, la literatura
            de los gringos.

               —Willy Mays —dijo la mujer despintada, torneando los ojos al cielo—. Es curioso cómo alguien
            que hace las cosas bien nunca las hace sólo para sí, es como si las hiciera para todos.

               —En quién piensas —preguntó Dionisio, cada vez más embelesado con su trou normand de
            señora.

               —Faulkner.  Pienso  en  William  Faulkner.  Pienso cómo un solo genio literario puede salvar a
            toda una cultura.

               —Un escritor no salva nada. Te equivocas.

               —No, te equivocas tú. Faulkner nos demostró a los sureños que el Sur podía ser algo más que
            violencia, racismo, el Ku Klux Klan, prejuicios, cuellos colorados...

               —¿Todo esto te vino a la cabeza viendo la televisión?

               —Me intriga mucho. ¿Vemos la televisión porque en ella suceden cosas? ¿O suceden cosas
            para ser vistas en la televisión?

               —¿Por qué es pobre México? —continuó su juego—. ¿Porque no está desarrollado? ¿O no
            está desarrollado porque es pobre?

               Ahora a ella le tocó reír.

               —Ves, antes la gente veía a Willy Mays jugar y al día siguiente leía el periódico para estar
            segura de que había jugado. Ahora, se puede ver la información y el juego al mismo tiempo. Ya
            no hay que comprobar nada. Eso es preocupante.

               —¿Hablaste de México? —dijo, con acento de interrogación, después de un momento en que
            bajó la mirada y dudó—. ¿Eres mexicano?
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