Page 91 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
—Y te entiendo. Pero no tienes por qué ser grosero sólo porque tu padre era mesero y cortés.
Tienes que servir, tú como yo. ¿Qué ganas con decir todo el día: tengo que hacer esto, pero no
me gusta?, No te desquites ofendiendo al cliente. No es de hombres bien nacidos, vamos.
Se abochornó Leandro. Ya no habló un rato y luego aparecieron entre los laureles la gringa y el
galancete haciendo señas de regresar a México. Ya les andaba.
Leandro se puso de pie y se colocó detrás de Encarna. Le retiró la silla para que se levantara.
Ella se alarmó. Nunca nadie le había hecho esa cortesía. Hasta tuvo miedo. ¿Iba a pegarle? Pero
él tampoco supo de dónde le salió el gesto.
Regresaron en silencio a la ciudad de México. La parejita se durmió abrazada. Leandro
condujo con buen paso. Encarna miró el paisaje: del aroma tropical a los pinos helados al smog
del altiplano, la corrupción capturada entre montañas carcelarias.
Cuando llegaron al hotel, el naco ni miró a Leandro, pero la norteamericana le sonrió y le dio su
buena propina.
Solos, Leandro y Encarna se miraron largo rato, cada uno sabiendo que nadie los había mirado
así en mucho tiempo.
—Sube conmigo —le dijo ella—. Mi cama es más suave que la pelusa de un campo de golf.
Una noche recorrieron juntos todas las casas, puerta tras puerta, para ver quién ganaba la
apuesta de las puertas abiertas, y las encontraron todas con llaves, candados o trancas, sólo la
puerta del tarado estaba abierta, la puerta del desván donde duerme el Paquito abierta y el idiota
dormido en una cama de tablas, dormido un segundo, despierto el siguiente, fregándose los ojos,
perplejo, siempre. La única puerta sin candado y otra apuesta fracasada: el desván del Paquito no
era una pocilga, relucía de limpio, era una tacita de plata, pero los desconcertó, lo regaron con
cocacolas y salieron riendo y gritando. Al día siguiente el tonto evita mirarles a ti y a tus amigos,
se deja querer por el sol y ustedes apuestan otra vez: si nada más toma el sol, lo dejamos en paz;
pero si se mueve por la plaza como si fuera el dueño y señor, le pegamos. Un tarado no puede
ser un señor. Los señores somos nosotros, que lo podemos todo. ¿Quién dice lo contrario?
Paquito se movió, guiñando los ojos, mirando al sol y ustedes gritaron en son de burla y
empezaron a bombardearlo primero de migajón, luego de panecillos duros y al cabo de tapas de
botella y el idiota cubriéndose con las manos y los brazos sólo repetía dejadme, dejadme ya,
mirad que yo soy bueno, yo no os hago daño, dejadme en paz, no me obliguéis a irme del pueblo,
mirad que va a venir mi padre a cuidarme, mi padre es muy fuerte... Coño, les dijiste, si no le
estamos dando más que migajonazos, y algo estalló dentro de ti, incontrolable, te levantaste de la
mesa, la silla se volteó, te arrojaste de la sombra de los arcos al sol de la plaza y allí arremetiste a
puñetazos contra el bobo que chillaba, yo soy bueno, ya no me peguéis, entre los dientes
podridos y la boca sangrante, se lo contaré a mi padre, sabiendo todo el tiempo que lo que
realmente querías era pegarle a tus amigos, los gamberros, tus gendarmes, los que te tenían
prisionero en esta cárcel de piedra, en este pueblo de mierda. A ellos querías sacarle la sangre,
matarlos a puñetazos, no a este pobre diablo sobre el que vertías tu injusticia, tu inseguridad, tu
fraternidad violada, tu vergüenza... Vete, vete. Apuesta a que te vas a ir.
Fue una noche muy linda. Los dos gozaron mucho, se encontraron y luego se perdieron.
Convinieron en que era un amor imposible, pero había valido la pena. Como decía la Encarna, la
oportunidad se coge del rabo, sólo se presenta una vez y luego ¡puf!, como por encanto
desaparece.
Se escribieron durante los primeros meses. Él no sabía expresarse muy bien, pero ella le daba
confianza.
Su seguridad en sí mismo había tenido que fabricarla como se hace un monigote de arena en
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