Page 90 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
—Eran muy valientes —dijo Leandro—. Tenían una gran civilización y los españoles la
destruyeron.
—Pues entonces si tanto los quieren, a tratarlos bien hoy mismo —dijo con su tono duro y
realista Encarna—, que yo los veo más maltratados que nunca.
Luego se detuvieron en una sala donde Rivera pinta todo lo que Europa le debe a México:
chocolate, maíz, tomate, chile, guajolote...
—Atiza —exclamó la Encarna— si pusiera todo lo que México le debe a Europa, no le alcanzan
todas las paredes del alcázar este...
Leandro acabó por reír con las ocurrencias de la gachupina tan desenfadada y cuando se
sentaron en el café frente al Palacio a tomar unas cervezas bien frías, al rato el chofer se sintió en
confianza y empezó a contarle cómo su papá de él había sido mozo del restorán de un hotel en
Acapulco mientras él, Leandro, de chiquito, se vio obligado a vender dulces en las calles del
puerto. Pues más digno se sentía él con su caja de dulces en las calles que su papá obligado a
vestirse de chango y a caravanear a cuanto hijo de la madrugada llegara a comer ahí.
—Me daba pena cada vez que lo veía vestido de filipina y con una servilleta en el brazo,
acomodando sillas, siempre agachado, agachado siempre, eso es lo que no aguanto, la cabeza
siempre gacha, me dije yo así no, yo lo que sea pero no agacho la cabeza.
—Oye, quizás tu padre era simplemente un hombre cortés, por naturaleza.
—No, era agachado, sumiso, esclavo, como casi todos en este país, unos lo pueden todo, muy
poquitos, la mayoría están jodidos para siempre, no pueden nada. Unos cuantos chingones
esclavizan a una bola de agachados. Así ha sido siempre.
—Cómo cuesta subir, Leandro. Admiro tu esfuerzo, pero no te amargues. No te la pases
diciendo por qué ellos sí y yo no. No dejes pasar tus propias oportunidades, hombre. Agárralas del
rabo, que nunca se presentan dos veces.
Le preguntó por qué se llamaba Leandro.
—Encarnación es un bonito nombre. ¿Quién te lo puso?
—Hombre, pues Dios mismo. Nací el día de la Encarnación. ¿Y tú?
—Por Leandro Valle. Es un héroe. Nací en la calle que lleva su nombre.
Le contó cómo de adolescente dejó de vender dulces y pasó a ser cuidador de un club de golf
en Acapulco.
—¿Sabes una cosa? Me quedaba a dormir de noche en la pelusa del campo de golf. Nunca
había tenido una cama más suave. Hasta me cambiaron los sueños. Hasta decidí ser rico un día.
Ese pasto suave me arrullaba, fue como mi verdadera cuna.
—Tu padre te ayudó?
—No, ése es el punto. No quería que subiera. Te vas a dar un porrazo, me decía. No trates de
ser más de lo que eres. Me negaba oportunidades. Supe por mis cuates de la gerencia del hotel
donde él trabajaba que se callaba los ofrecimientos que me hacían por ser su hijo, para estudiar,
para manejar un coche. Él nomás quería que fuera mozo, como él. No quería que yo fuera más
que él. Ésa es la cosa. Tuve que tomar las oportunidades por mí mismo. Cuidador del club de golf.
Caddy. Conductor de los carritos. Chofer al fin. Adiós, Aca. Ya nunca volví a ver a mi padre.
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