Page 92 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes                                                                                                                    La Frontera de Cristal


            la playa, defectuoso y expuesto a que se lo barra la primera ola. Ahora, conociendo a Encarna,
            sentía que todo lo falso y mamarracho de su vida se iba quedando atrás. Pero corría el riesgo de
            volver a ser el de siempre si la perdía, si no la volvía a ver. Era del carajo tener que servir, lidiar
            con clientes majaderos, soberbios, que ni lo miraban siquiera, como si fuera de  cristal.  Le
            regresaban sus malos modos, sus desplantes, sus groserías. Le regresaba el coraje. De chico,
            pateaba los arbotantes de Acapulco de pura rabia por ser lo que era y no lo que quería ser. ¿Por
            qué ellos sí y yo no? La otra noche, afuera de un restorán de lujo, hizo lo mismo, no se pudo
            contener, comenzó a patear las defensas de los coches estacionados, los otros  choferes  lo
            tuvieron que contener, ahora sí se iba a meter en un lío mayúsculo, este coche era el del ministro
            X, este del jerarca del PRI, este del que compró la paraestatal Z...

               Qué suerte que en ese momento salió del restorán el millonario norteño y  ex  ministro  don
            Leonardo  Barroso  buscando  a  su  chofer  y el encargado del Valet parking le dijo que se había
            sentido mal y se había ido dejando las llaves del coche del  señor.  Barroso  también  estalló  en
            cólera, ¡país de irresponsables! y de repente se vio retratado en la del pobre Leandro, como que
            se vio retratado en la muina de un pobre chofer de turismo estacionado allí esperando clientela y
            pateando  arbotantes,  y  soltó  una  gran carcajada. Se calmó gracias a ese encuentro, a esa
            comparación y a esa identificación. Se calmó también porque llevaba del brazo a una mujer
            divina, un auténtico cuero de melena larga y barba partida. Esa mujer se  imponía  al  señor
            Barroso, lueguito se notaba. Lo traía enculado, que ni qué.

               Don Leonardo Barroso le pidió a Leandro que los llevara a su casa a él y a su nuera y tanto le
            gustó cómo manejaba el chofer, y su discreción y apariencia, que lo contrató para ir en noviembre
            a España. Tenía negocios allí y necesitaba quién le manejara a su nuera, que lo iba a acompañar.
            El muy desconfiado de Leandro, tras el primer alborozo, se preguntó si este hombre alto,
            poderoso, que las podía de todas todas, veía en el chofer a un eunuco insignificante que podía
            pasear sin peligro a la "nuera" mientras él se ocupaba de sus "negocios”. Pero cómo iba a repelar.
            Se tragó la falta de confianza y se dijo que si ellos se la tenían a él, por qué no la iba a tener él
            con sus patrones.

               Sus patrones. Era algo distinto a pasear turistas. Era un ascenso, luego se veía que el señor
            Barroso era hombre fuerte, un jefe que inspiraba respeto y tomaba decisiones rápidas. A Leandro
            no le dolían prendas, a alguien así se le podía servir con dignidad,  con  gusto,  sin  humillarse.
            Además —escribió volando a Asturias— iba a ver otra vez a Encarna.

                Habían apostado que el que le diera una buena paliza a Paquito recibiría un boleto de autobús
            del pueblo al mar ida y vuelta. Y aunque Portugal estaba más cerca de Extremadura, ése era un
            país gallego, poco digno de confianza, donde hablaban muy raro. En cambio Asturias, aunque
            más lejos, era mar de España y como decía el himno, era "patria querida". Resulta que el tío de
            uno  de  tus  amigos  gamberros  era  chofer  de líneas y podía hacerles un favor. Era vasco y
            entendía que el mundo se movía apostando, solamente apostando. Hasta las ruedas del autobús
            —les dijo con aire de filósofo— eran movidas por la apuesta de que los accidentes eran posibles
            pero improbables. "A menos que un chofer le apueste a otro que le gana la carrera de Madrid a
            Oviedo", se rió el tío del gamberro. No te sorprendió que para encontrar al tío y pedirle el favor, a
            nadie aquí se le ocurriera usar el teléfono ni mandar un telegrama, sino escribir una nota a mano,
            sin copia ni sobre, enviada por relevos de choferes de autobús. Por eso pasó tanto tiempo entre la
            golpiza que le diste al Paquito y la supuesta salida al mar. Pasó tanto tiempo que casi pierdes la
            apuesta que ganaste, porque hubo otras, aquí se la vivían apostando. Cien duros a que el Paquito
            no se aparecerá más por la plaza después de la golpiza que le diste. Doscientos a que sí y si no
            se aparece, mil pesetas a que se fue del pueblo, dos mil a que se murió, seis perras a que anda
            escondido. Fueron a la puerta del desván donde dormía el idiota. Reinaba un gran silencio. Se
            abrió la puerta. Salió un viejo vestido de negro, con el sombrero negro hundido hasta las orejas
            inmensas  y  la barba gris, de tres días, picándole el cuello blanco de la camisa sin corbata. El
            lóbulo de la oreja tenía tanto pelo que parecía un animal recién parido. Un lobezno. Te guardaste
            esta  comparación.  A ninguno de tus compañeros les gustaban esas cosas tuyas, tus
            comparaciones, tus alusiones, tu interés por las palabras. Lengua de piedra, caída de la luna, en
            un país donde el deporte preferido era mover piedras. Cabezas de piedra:  que  nada  entre  en
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