Page 89 - La Frontera de Cristal
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Carlos Fuentes La Frontera de Cristal
respetamos, nos respetan, damos servicio de altura, las broncas son sólo con los gringos y los
nacos...
Pero esta vieja era española y él no sabía por dónde torearla. Si sólo estuvieran la gringa y el
rascuache bigotón ese besuqueándose allá atrás, sin prestar atención a las explicaciones
culturales, tratándolo como si fuera un vulgar afrochofer, un cafre del volante, sin darle su lugar...
¿Se lo daba ella? Lo observaba con una sonrisa que quizás era más insultante que una mentada,
vaya usted a saber, y él la observaba a ella, sintiendo que le gustaba ser mirada así, sin
comprenderla, como si ella también fuese un misterio, más un misterio ella para él, que él para
ella.
—Vamos —dijo bruscamente la española— que tú y yo hacemos lo mismo. Yo también soy
guía de turistas. Pero por lo visto a mí sí me gusta mi trabajo y tú no haces más que repelar, coño.
¿Para qué lo haces si no te gusta? No seas gilipollas. Dedícate a otra cosa, so bruto, que
ocupaciones hay de sobra.
No supo qué contestar. A Dios gracias, la gasolinera estaba a la vista. Se detuvo y bajó
rápidamente. Hizo todo un show con los muchachos del servicio. Los abrazó, se dijeron de
madres, dejó que le saliera todo lo broza, se picaron el ombligo, se dijeron albures, se hicieron
guiños de lépero, los de la gasolinera le preguntaron si llevaba buena carga, él guiñó, le dijeron
que se aprovechara, los turistas eran todos pendejos, pero traían lana, ¿por qué ellos y nosotros
no?, ándale compadre, échate un trago de raíz para amenizar el viaje...
La española se asomó y le gritó a Leandro: —Si tomas un trago, te denuncio y aquí nos
bajamos todos, so bandido. ¡Ya deja de comportarte como un machito de mierda y ven a cumplir
con tu obligación, hijo de puta!
Todos los dependientes se carcajearon de lo lindo, se agarraron las panzas, se azotaron los
muslos de risa, se abrazaron nalgueándose entre sí, vóytelas, Leandro, ¿ya te casaste? ¿O es tu
suegra?, ya te metieron en cintura, ¿verdad?, ya ni te acerques por aquí, pendejo, ya te pusieron
la coyunda, buey...
Arrancó con la cara colorada.
—¿Por qué me hace pasar vergüenzas, señora? Yo la trato a usted con respeto...
—Anda, tú, mi nombre es Encarnación Cadalso, pero todos me dicen Encarna. Vamos a
pasarla bien. Ya no te hagas de tripas corazón. Déjame enseñarte a pasarla bien. Joder, que a mí
no me engañas. No eres más que un inseguro disfrazado de arrogante. Jodes a los demás, y te
amargas a ti mismo. Vamos para Cuernavaca, dicen que es un lugar primoroso.
Plaza de piedra. Miradas de piedra. El idiota mira al grupo de gamberros sentados en el café.
Tú estás con ellos. Ellos lo miran a Paquito. Hacen apuestas. —Si le pegamos, ¿se defiende o
no? —Si no se defiende, ¿se va o se queda? —Si se queda, ¿es para que lo ataquemos más?,
¿le gusta sufrir al gilipollas?, ¿o sólo quiere cansarnos y que lo dejemos en paz? País de piedra:
todo aquí se va en apuestas; la apuesta ¿llueve o no?, o ¿hará frío o calor?, ¿Atlético o Real
Madrid?, ¿oreja o cornada para Espartaco?, ¿la Menganita es virgen o no?, ¿el Fulanito es marica
o no?, ¿el doctor Centeno se tiñe el pelo?, ¿la Zutana usa dientes postizos?, ¿la boticaria se
inyectó las tetas postizas?, ¿cuánto apuestas?, ¿quiénes son los habitantes de este pueblo que
se atreven a dejar sus puertas sin cerrar?, ¿cuántos son los valientes que las dejan abiertas?,
¿cuánto apuestas?
La parejita de la gringa y el naco se dedicaron a contemplar la barranca desde la terraza del
Palacio de Cortés, agarraditos de la mano y riendo como bobos. Encarna y Leandro estudiaron,
en cambio, los murales de Diego Rivera sobre la conquista y ella dijo, ¿en verdad fuimos así de
malos?, y Leandro no supo qué decir, él no estaba allí para dar juicios de valor, así lo vio el pintor,
pues a ver por qué hablan castellano y no indio entonces, si tanto les duelen los indios, dijo ella.
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