Page 106 - La Era Del Diamante - Neal Stephenson
P. 106

típica,  gritona,  sin  clase  y  muy  maquillada,  y


             Hackworth  no  podía  soportarla.  Si  él  tenía  ojos


             para alguien, era para las cariátides que sostenían


             las pesas; al menos tenían un gusto impecable.




                  La  señora  Hull  no  le  había  oído  y  todavía


              andaba  medio  dormida  por  su  habitación.


              Hackworth puso un bollo en el horno tostador y


              salió al diminuto balcón de su piso con una taza


              de té, disfrutando un poco de la brisa matutina del


              estuario del Yangtsé.





                  El edificio de los Hackworth era uno de muchos

              que  bordeaban  un  jardín  de  una  manzana  de


              largo  donde  los  madrugadores  ya  estaban


              paseando los spaniels o tocándose los dedos de los


              pies. Más abajo, en la cuesta de Nueva Chusan, los


              Territorios Cedidos se despertaban: los senderos


              salían de los barracones y se alineaban en las calles


              para cantar durante su calistenia matutina. Todos


              los  demás  tetes,  apretados  en  los  diminutos


                                                                                                       106
   101   102   103   104   105   106   107   108   109   110   111