Page 1168 - La Estacion De La Calle Perdido - China Mieville
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allí.

                —Me marcho. Volveré a pedírtelo. Por favor, no te

            burles  de  nuestra  justicia.  Por  favor,  permite  que


            nuestra  justicia  siga  su  curso  —apartó  la  silla  de  la

            puerta y salió. Las garras de sus patas arañaron la vieja

            madera mientras bajaba.




                E Isaac se sentó y acarició el caparazón iridiscente de


            Lin, marcado ahora por las fracturas del estrés y las

            líneas de la crueldad, y pensó en Yagharek.

                «No  traduzcas»,  le  había  dicho  Karʹuchai  pero,


            ¿cómo podía no hacerlo?

                Pensó en las alas de Karʹuchai, estremeciéndose de


            rabia mientras los brazos de Yagharek la sujetaban. ¿O

            acaso la había amenazado con  un cuchillo? ¿Con un

            arma? ¿Con un puto látigo?


                Que  los  jodan,  pensó  repentinamente,  mientras

            miraba las piezas del motor de crisis. No le debo ningún

            respeto a sus leyes. Liberad a los prisioneros. Eso es lo


            que el Renegado Rampante decía siempre.

                Pero  los  garuda  del  Cymek  no  vivían  como  los

            ciudadanos  de  Nueva  Crobuzon.  No  tenían  jueces,


            recordó  Isaac,  ni  tribunales  ni  fábricas  de  castigo,  ni

            canteras  ni  vertederos  para  llenar  con  rehechos,  ni


            milicia ni políticos. El castigo no era administrado por

            jefes ambiguos.




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