Page 132 - Portico - Frederik Pohl
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que  no  lograba  ahuyentar.  Me  hubiera  encantado

            descargarlos sobre el sacerdote de la parroquia. De este


            modo  habría  podido  hacer  una  cadena  jerárquica,

            iniciada  por  mí  al  verter  todas  las  porquerías  de  mi

            cabeza  en  el  confesionario,  donde  el  párroco  las


            traspasa  al  monseñor  diocesano  (a  quien  sea;  no  sé

            demasiado acerca de la Iglesia), y todo desemboca en


            el  Papa,  que  es  el  depositario  de  todo  el  caudal  de

            dolores, penas, y culpabilidad, hasta que los descarga

            en Dios. (Es decir, aceptando la existencia de un Dios,


            o  por  lo  menos  aceptando  que  haya  una  dirección

            llamada  «Dios»  a  la  que  puedas  enviar  todas  las

            porquerías.)


               Bueno, la cuestión es que tuve una especie de visión

            del  mismo  sistema  en  psicoterapia:  desagües  locales

            que  desembocan  en  cloacas  secundarias  que


            desembocaban en las líneas principales que procedían

            de  los  psiquiatras  de  carne  y  hueso,  si  es  que  com‐


            prenden  lo  que  quiero  decir.  Si  Sigfrid  fuese  una

            persona de carne y hueso, no podría resistir todos los

            problemas  que  descargan  en  él.  Para  empezar,  él  ya


            tendría  sus  propios  problemas.  Tendría  los  míos,

            porque  así  es  como  yo  me  libraría  de  ellos,


            descargándolos en él. También tendría los de aquellos

            que, como yo, ocupan este diván; y él descargaría todo

            esto,  porque  tendría  que  hacerlo,  en  el  hombre  que


            estuviera por encima de él, en el que le psicoanalizara




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