Page 314 - Portico - Frederik Pohl
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de seguir atacando. Si no fuera así, ya no quedarían

            lobos. Por este mismo motivo, los hombres no suelen


            matar a las mujeres, ni siquiera a golpes. No pueden.

            Por mucho que deseen hacerlo, su maquinaria interna

            se lo impide. Pero si la mujer comete el error de darle


            una señal diferente golpeándole primero...

               Le di tres o cuatro puñetazos, con toda la fuerza de


            que fui capaz, en el pecho, en la cara, en el vientre. Ella

            cayó al suelo, sollozando. Yo me arrodillé a su lado, la

            incorporé con un brazo y, revestido de una absoluta


            sangre  fría,  la  abofeteé  dos  veces  más.  Todo  ocurrió

            como dirigido por Dios, de una forma absolutamente

            inevitable; y al mismo tiempo noté que mi respiración


            se  había  acelerado  como  si  hubiera  subido  unas

            montañas  a  todo  correr.  La  sangre  zumbaba  en  mis

            oídos. Todo lo que veía estaba teñido de rojo.


               Finalmente oí unos sollozos ahogados.

               Miré  en  aquella  dirección  y  vi  a  la  niña,  Watty,


            mirándome fijamente, con la boca abierta y las lágrimas

            rodando por sus anchas mejillas de un negro púrpura.

            Hice ademán de aproximarme a ella, con la intención


            de tranquilizarla, pero dio un grito y se escondió tras

            una espaldera de vides.


               Me volví hacia Klara, que estaba incorporándose, sin

            mirarme, con una mano sobre la boca. Apartó la mano

            y contempló lo que había en ella: un diente.








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