Page 332 - El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi
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lo envuelve la sutilísima insinuación de un perfume


           femenino, una delicada fragancia conífera.



           El hombre se quita las gafas y dedica a Isidore una


           sonrisa que sus párpados velados convierten en una


           mueca  de  hastío.  Tiene  las  cejas  muy  negras,  como


           dibujadas casi con carboncillo. Su gevulot permanece


           escrupulosamente cerrado.



           —Sí.




           —Disculpe,  busco  un…  ¿cómo  se  dice?  Un  lugar


           reservado.



           Isidore frunce el ceño.



           —¿Perdone?



           —Cuestión de… necesidades fisiológicas, no sé si me


           explico.



           —Ah. ¿Viene usted de otro mundo?



           —Sí. Jim Barnett. Me temo que me cuesta orientarme


           por aquí. —El hombre se da unos golpecitos en la sien


           con  un  dedo—.  Mi  cerebro,  que  todavía  no  se  ha


           aclimatado, ¿verdad? ¿Puede ayudarme?



           —Desde  luego.  —Isidore  le  entrega  una  pequeña


           comemoria con la ubicación de los aseos del castillo.


           Al  hacerlo  experimenta  la  efímera  punzada  de  una


           jaqueca  incipiente.  Igual  he  estado  esforzándome


           demasiado.









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