Page 306 - Herederos del tiempo - Adrian Tchaikovsky
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—¡Suelta el arma! —resonó la voz amplificada de


              Karst—. ¡Rendíos y dejad el arma! Preparaos para


              ser evacuados.



              La mano de Scoles temblaba, y tenía lágrimas en

              los  ojos,  pero  Nessel  le  puso  una  mano  en  el


              brazo.



              —Se  acabó  —le  dijo—.  Hemos  terminado.  No


              hay nada que podamos hacer. Lo siento, Scoles.


              El  cabecilla  de  los  amotinados  echó  un  último


              vistazo al bosque ante ellos, que ya no parecía tan


              maravillosamente vibrante, verde y terrestre. En


              las  sombras  parecían  habitar  ojos  invisibles  de

              movimientos quitinosos.



              Dejó  caer  la  pistola  con  despecho,  como  un


              hombre  cuyos  sueños  se  hubieran  hecho


              pedazos.


              —Eso  es.  Lain,  Mason,  acercaos  los  primeros.


              Quiero comprobar que no habéis sufrido daño.



              Lain no dudó, y Holsten la siguió arrastrando los

              pies,  sintiendo  solo  una  sensación  muy  débil  y


              entumecida  de  dolor,  pero  respirando  y


              caminando                     trabajosamente,                        curiosamente


              desconectado de su propio cuerpo.


              —Entrad —les dijo Karst.



              Lain se detuvo en la escotilla.



              —Gracias  —dijo,  sin  una  traza  de  su  burla


              habitual.






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