Page 953 - La Era Del Diamante - Neal Stephenson
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se puso su mejor chaleco, se colgó la cadena de


               oro, con el sello, caja de rapé, leontina, y  reloj


               teléfono;  un  largo  abrigo  con  una  cola  de


               golondrina para cabalgar; botas de cuero negro


               y espuelas de cobre abrillantadas a mano en la


               entrada del Shong‐a‐li‐lah por un culi tan servil


               que era insolente, y que Hackworth sospechaba


               que se trataba de un Puño; guantes nuevos, y


               su bombín, sin moho y un poco acicalado, pero


               evidentemente veterano en muchos viajes por


               territorios salvajes.





                  Al atravesar la orilla occidental del Huangpu,


               la multitud usual de campesinos y amputados


               profesionales le rodeó como una ola en la playa,


               porque aunque cabalgar por allí era peligroso,


               no era una locura, así que no sabían que era un


               loco. Mantuvo los ojos grises fijos en el piquete


               de  líneas  de  Toma  ardientes  que  marcaban  la


               frontera de la República Costera, y dejó que le


               tirasen de los bordes del abrigo, pero aparte de


               eso no se percató de su presencia. En momentos


               diferentes,  tres  jóvenes  muy  de  campo,


               identificados por la piel oscura tanto como por


               su  ignorancia  de  la  tecnología  moderna  de


               seguridad,  cometieron  el  error  de  agarrar  la


               cadena  del  reloj  y  recibieron  una  descarga  de


                                                                                                     953
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