Page 394 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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                  Me lo impidió aquel niño.








                  Probablemente  llevaba  un  buen  rato  mirándome


           con  esa  expresión  en  el  rostro:  huraña,  recelosa,  y  tan

           concentrada  que  me  sorprendí  de  no  haberme  fijado

           antes en sus ojos tristes.


                  Debía de tener, como mucho, cinco años, pero en su


           rostro  arrebolado  no  quedaba  nada  de  la  alegre

           despreocupación  e  inmediatez  que  tanta  alegría  y

           consuelo inspiran en los adultos cuando juegan con los


           pequeños.  Al  contrario:  me  sentí  como  si  el  que  me

           miraba  desde  el  asiento  de  enfrente  hubiera  sido  un


           hombre  viejo  y  sabio,  fatigado  y  decepcionado  de  la

           vida.  Pensé  al  instante  en  la  reencarnación,  aunque

           hasta ese momento me hubiera resistido a creer en tales


           teorías.


                  Estaba  casi  inmóvil,  salvo  por  una  pierna  que  le

           colgaba y se mecía de un lado para otro. Parecía como


           si el hombre que habitaba en su cuerpo de niño quisiera

           comportarse  de  la  manera  adecuada  a  su  edad,  pero

           resultara torpe y forzado, como los títeres de madera de


           la Knorozova.


                  Cuando  nuestras  miradas  se  encontraron,  el

           extraño niño no reaccionó de ninguna manera, sino que


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