Page 396 - Sumerki - Dmitry Glukhovsky
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aguardado con tanta impaciencia a que llegara la
estación siguiente. Faltó poco para que abandonase mi
pequeña maniobra, plegara velas y me escondiera en el
rincón más alejado del vagón. Había recogido los
periódicos y me disponía a levantarme cuando el niño
me habló.
No cabía ninguna duda de que me hablaba a mí. El
estruendo de las ruedas y el eco del túnel no me
permitieron comprender ni una sola palabra. No habría
sido capaz de imaginarme lo que me quería decir. Su
expresión facial no variaba, tan sólo su boca se abría y
cerraba sin emitir ningún sonido. No hacía ningún
esfuerzo por imponerse al ruido de fondo. Yo quería
escuchar lo que me decía, y señalé a mis propios oídos
para que se diera cuenta de que no entendía nada, pero
el niño no reaccionó a mi gesto.
Por fin, el metro entró en la estación de la
Universidad, el ruido de fondo disminuyó y logré oír
su voz: sonaba extrañamente profunda y adulta, incluso
algo ronca. Un escalofrío me recorrió la espalda, y, al
instante, varios de los pasajeros que se sentaban cerca
de nosotros se volvieron estupefactos hacia el niño.
—...encontrarle. Porque la tribulación del mundo se
debe a que su Dios está postrado y por ello también el
mundo perece. El Señor yace, presa de la fiebre, y por
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