Page 167 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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madre  muerta,  y  me  pidió  clemencia,  y  yo


            solamente  pude  suspirar.  No  le  oculté  nada;  le



            conté  en  lo  que  se  convertiría  y  lo  que  se


            introduciría en lugar de su vida; le hablé de toda la


            infamia y de todo el horror. Usted, que ha abierto


            la  caja  y  ha  visto  su  contenido,  y  que  leerá  esto


            cuando yo esté muerto —si de veras permito que


            esta relación subsista—, no sé si podrá entender lo


            que  yace  oculto  en  el  ópalo.  Pues  una  noche  mi



            esposa consintió en lo que yo le pedí, con lágrimas


            corriéndole por el hermoso rostro y el cuello y el


            pecho  ruborizados  por  la  sofocante  vergüenza,


            consintió en sufrir esto por mí. Abrí la ventana de


            par en par y juntos contemplamos por última vez


            el  cielo  y  la  sombría  tierra;  era  una  estupenda


            noche estrellada, y soplaba una agradable brisa; la


            besé en los labios y sus lágrimas me resbalaron por


            las  mejillas.  Aquella  noche  ella  bajó  a  mi



            laboratorio,  y  allí,  con  los  postigos  cerrados  y


            atrancados, con las cortinas tupidamente corridas,


            de manera que hasta las mismas estrellas quedasen


            fuera  del  alcance  de  la  vista,  mientras  el  crisol


            siseaba y la lámpara rebosaba, hice lo que tenía que


            hacer,  y  conduje  afuera  a  lo  que  ya  no  era  una


            mujer. Pero el ópalo flameaba y destellaba sobre la



            mesa con un brillo como jamás contemplaron ojos


            humanos,  y  los  rayos  del  fuego  que  ardía  en  su

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