Page 166 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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se me abren de par en par y no entrar; la retirada
estaba cortada, y yo únicamente podía seguir
adelante. Mi posición era tan absolutamente
desesperada como la de un prisionero de una
mazmorra, cuya única luz es la de la mazmorra de
arriba; las puertas estaban cerradas y la huida era
imposible. Los experimentos dieron, uno tras otro,
el mismo resultado, y yo sabía, y me acobardaba
en cuanto el pensamiento cruzaba mi mente, que
para la tarea que tenía que hacer necesitaba medios
que ningún laboratorio podía suministrar, que
ninguna escala podía medir. En esa tarea, de la
cual incluso dudaba de escapar con vida, debía
tomar parte la vida misma. Había que arrancar de
algún ser humano esa esencia que los hombres
llaman alma, y en su lugar (pues en el esquema del
mundo no hay aposentos vacantes) poner algo que
los labios difícilmente pueden pronunciar, que la
mente no puede concebir sin un terror más
espantoso que el terror a la muerte misma. Y
cuando supe esto, supe también sobre quién
recaería este destino: escruté los ojos de mi esposa.
Si en ese momento hubiera salido y, cogiendo una
cuerda, me hubiera ahorcado, podría haberme
librado, y ella también, pero de ninguna otra
manera. Finalmente se lo conté todo. Ella se
estremeció y se lamentó, y solicitó la ayuda de su
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