Page 192 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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seguirme por los largos senderos de maleza, entre


            suaves  muros  entretejidos  de  resplandecientes



            hayas, hasta el punto más elevado de la floresta,


            desde donde contemplábamos a un lado, a través


            del río, la elevación y el hundimiento del terreno


            hasta la gran muralla montañosa del oeste, y del


            otro,  la  agitación  e  inclinación  de  los  múltiples


            árboles,  los  prados  altos,  y  el  reluciente  mar


            amarillo con la imperceptible costa. Solía sentarme



            en este lugar, sobre la hierba caldeada por el sol


            que  señalaba  el  rastro  de  la  Calzada  Romana,


            mientras los dos niños competían a carreras para


            coger bayas de tojo que crecían en los márgenes.


            Aquí,  bajo  el  profundo  cielo  azul  y  las  grandes


            nubes  en  movimiento,  como  viejos  galeones  con


            las  velas  hinchadas,  navegando  del  mar  a  las


            colinas, mientras escuchaba el susurrante hechizo


            del enorme y viejo bosque, vivía únicamente para



            el deleite, y sólo recordaba extrañas cosas cuando,


            al volver a casa, encontrábamos al profesor Gregg


            encerrado  en  el  pequeño  aposento  que  había


            convertido en su estudio, o bien paseando por la


            terraza,  con  el  aspecto  paciente  y  entusiasta  de


            estar absorto en alguna investigación.


              Una  mañana,  ocho  o  nueve  días  después  de



            nuestra llegada, me asomé a la ventana y vi que


            todo el paisaje se transformaba ante mí. Las nubes

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