Page 246 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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Sin embargo, a pesar de sus promesas, yo veía que
no mejoraba, sino que más bien empeoraba.
Entraba en el salón con el rostro abatido y el ceño
fruncido, procurando parecer alegre cuando
notaba que yo le miraba. Tales síntomas me
parecían un mal presagio, y a veces me asustaba la
irritación nerviosa de sus movimientos y ciertas
miradas que no conseguía descifrar. Muy en contra
de su voluntad, se dejó convencer de que debía
consultar a un médico, y de mala gana llamó al
viejo médico de la familia.
Después de reconocer a su paciente, el doctor
Haberden me tranquilizó.
—En realidad no tiene nada grave —me dijo—.
Sin duda estudia demasiado, come deprisa, y
luego vuelve a sus libros demasiado pronto. Como
consecuencia natural de todo eso padece
trastornos digestivos y una ligera alteración del
sistema nervioso. Pero creo de veras, señorita
Leicester, que podremos curarlo. Le he extendido
una receta que le sentará muy bien. De modo que
no tiene ningún motivo para estar preocupada.
Mi hermano insistió en que la receta la preparase
un boticario del vecindario. Se trataba de una
botica rara y anticuada, desprovista de la
estudiada coquetería y el calculado brillo que dan
un aspecto tan vistoso a los mostradores y estantes
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