Page 250 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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contenta pero un poco sorprendida a la vez;
porque me parecía que había algo en su alegría que
vagamente me desagradaba, aunque no pudiera
precisarlo. Pero poco a poco se produjo un cambio
en él: siguió regresando muy tarde por las noches,
pero no volvió a hablar de sus diversiones, y una
mañana, mientras desayunábamos, le miré de
improviso a los ojos y vi ante mí a un extraño.
—¡Oh, Francis! —exclamé—. ¡Oh, Francis,
Francis! ¿Qué has hecho?
Los sollozos me impidieron continuar. Salí de la
habitación llorando; porque, si bien no sabía nada,
sin embargo me parecía saberlo todo, y por una
curiosa asociación de ideas recordé la primera
noche que él salió de casa, vi ante mí el resplandor
de aquel cielo crepuscular, las nubes como una
ciudad envuelta en llamas, y la lluvia de sangre.
Luché, sin embargo, contra esos pensamientos, y
llegué a la conclusión de que quizás después de
todo el daño no fuera irreparable, y esa noche,
durante la cena, decidí apremiarle para que fijase
la fecha de nuestras vacaciones en París. Habíamos
charlado sin problemas y mi hermano acababa de
tomarse la medicina, cosa que nunca había dejado
de hacer. Estaba ya a punto de abordar la cuestión,
cuando las palabras se desvanecieron de mi
pensamiento y por un momento, sin saber por qué,
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