Page 343 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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Después trepé por la empinada pared y llegué al
lugar donde estaban las hoyas, y los dos bellos
montículos, y las redondas lomas de tierra, y las
figuras extrañas.
Esta vez no bajé a la hoya, sino que, al final,
retrocedí y vislumbré las figuras con bastante
claridad, pues había más luz, y recordé una
historia que había olvidado completamente; en esa
historia las dos figuras se llamaban Adán y Eva, y
sólo los que conocen la historia comprenden lo que
esto quiere decir.
Luego proseguí mi camino hasta llegar al bosque
secreto que no debe ser descrito, y me arrastré en
su interior por el pasadizo que había descubierto.
Y cuando había cubierto aproximadamente la
mitad del recorrido me detuve, me volví, me
preparé, me tapé los ojos con un pañuelo y me
aseguré de que no podía ver nada en absoluto, ni
una ramita, ni la punta de una hoja, ni la luz del
cielo, pues era un viejo pañuelo de seda roja con
grandes lunares amarillos, que me daba dos
vueltas a la cabeza y cubría mis ojos de forma que
no pudiera ver nada.
Entonces comencé a andar, paso a paso, muy
despacio. Mi corazón latía cada vez más deprisa, y
algo me subía por la garganta que me ahogaba y
me provocaba ganas de gritar, pero no despegué
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