Page 407 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
P. 407
hacer la situación más plausible. De esta guisa, el
horroroso trío recorría el mundo.
El tribunal escuchó todo esto, y mucho más,
después que el jurado encontrara culpables a los
tres del concreto delito del que les acusaban. Este
último crimen —que la prensa tuvo que envolver
en paráfrasis y perífrasis— había sido descubierto,
por extraño que parezca, como consecuencia en
gran parte de los celos de la mujer. Los afectos de
Wesley, llamémoslos así, todavía estaban
dispuestos a extraviarse, y la celosa furia de
Arabella la llevó más allá de toda cautela y de todo
control. Ella era el punto vulnerable de la
armadura de Wesley, la grieta en su protección. La
gente de la sala les miró a los dos; a la pervertida y
deplorable mujer de carrillos flojos y colgantes, en
cuyos fatigados ojos todavía brillaba un débil
fuego, y a Wesley, que, al parecer, todavía era un
guapo y listo muchachito. Se quedaron
boquiabiertos de asombro ante el grotesco e
insoportable horror de la escena. El juez levantó la
vista de sus anotaciones y miró fijamente a los
convictos durante algunos segundos, con los labios
fuertemente apretados.
El acusador llegó al final de su portentosa historia.
La trayectoria de estas personas, dijo, había estado
marcada por terribles escándalos, pero hasta hacía
406

