Page 486 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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—¡Oh, sí! Lo recuerdo. Sé que entonces estaba
absolutamente orgulloso de mi perspicacia;
incluso hoy, la policía no tiene ni idea de para qué
servían aquellas peculiares lentes amarillas. Pero,
Vaughan, realmente parece usted bastante
desconcertado. Espero que no sea nada serio.
—No, creo que he estado exagerando, y pretendo
que usted me tranquilice.
Pero lo que ha sucedido es muy extraño.
—Y, ¿qué ha sucedido?
—Estoy seguro de que se reirá de mí, pero ésta es
la historia. Debe usted saber que existe un sendero,
una servidumbre de paso que atraviesa mis tierras,
y, para ser preciso, cercano a la tapia del huerto.
No es utilizado por muchas personas; de vez en
cuando lo encuentra útil algún leñador, y cinco o
seis niños que van a la escuela del pueblo pasan
por él dos veces al día. Pues bien, hace dos días
estaba paseando después de desayunar y acababa
de llenar mi pipa junto a las inmensas puertas del
huerto. El bosque, debo decirlo, llega hasta muy
pocos pies de la tapia, y la senda de la que hablo
sigue derecha a la sombra de los árboles. Pensé que
era más agradable resguardarse del fuerte viento
que soplaba y permanecí allí fumando, con los ojos
fijos en el terreno. Entonces algo atrajo mi atención.
Al pie mismo de la tapia, sobre la hierba, yacía una
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