Page 527 - El Gran Dios Pan y otros relatos - Arthur Machen
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desconocida en la penumbra de aquella tarde
invernal. Por alguna razón el tren abandonó el
llano y se deslizó hacia un profundo y angosto
vallejo, oculto entre bosques invernales, dorado
por los heléchos marchitos, solemne en su soledad.
Lo único que se movía era un veloz e impetuoso
riachuelo que hacía espuma al chocar con las rocas
y luego se estancaba en profundas pozas
marrones.
Los sombríos bosques estaban desparramados en
grupos de viejos espinos raquíticos; grandes rocas
grises, de formas extrañas, surgían del suelo; rocas
almenadas se elevaban en las alturas a ambos
lados. El arroyuelo crecía y se convertía en un río,
y siguiendo su curso llegamos a Banwick poco
después de la puesta del sol.
Contemplé el pueblo con admiración a la luz del
crepúsculo, que enrojecía por el oeste. Las nubes se
convertían en rosaledas; había multitud de
encantadores prados que rodeaban islotes de luz
carmesí; y nubes como lanzas flamígeras, o
dragones de fuego. Y bajo aquella mezcla de luces
y colores en el cielo, Banwick descendía hasta las
pozas de su puerto rodeado de tierra y volvía a
subir, atravesando el puente, hacia la abadía en
ruinas y la enorme iglesia de la colina.
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