Page 261 - La Patrulla Del Tiempo - Poul Anderson
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A la puesta de sol, el ritmo despiadado había llevado
a la expedición hasta una zona de artemisa y árbol de la
grasa. Las colinas eran altas y marrones; los cascos
levantaban polvo; los arbustos, de un verde plateado,
eran escasos y endulzaban el aire cuando los rozaban,
pero poco más.
Everard ayudó a colocar a Sandoval en el suelo. Los
ojos del navajo estaban cerrados, su rostro hundido y
caliente. En ocasiones se agitaba y murmuraba un poco.
Everard le echó agua sobre los labios agrietados
escurriendo un trapo empapado, pero no podía hacer
nada más.
Los mongoles levantaron el campamento con mayor
alegría que antes. Habían derrotado a dos poderosos
hechiceros y no habían sufrido más ataques. Poco a poco,
iban comprendiendo lo que eso implicaba. Se dedicaron
a sus labores hablando unos con otros y, después de una
comida frugal, sacaron los pellejos de kumiss.
Everard permaneció con Sandoval cerca del centro
del campamento. Dos guardias lo vigilaban. Estaban
sentados con los arcos listos a escasos metros, pero no
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