Page 358 - La Patrulla Del Tiempo - Poul Anderson
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Un  joven  delgado  de  rostro  oscuro  pasó  a  su  lado,

           intentando  sin  fuerzas  sacarse  la  jabalina  que  le  había


           atravesado el estómago. Era un lancero de Cartago, pero

           el  fornido  italiano  que  estaba  sentado  a  su  lado,  que

           miraba  incrédulo  el  muñón  de  su  brazo,  no  le  prestó


           atención.



                 Una  bandada  de  cuervos  flotaba  en  el  cielo,

           cabalgando el aire y esperando.



                 —Por aquí —dijo Everard—. ¡Apresúrate, por Dios!

           Esa línea va a romperse en cualquier momento.



                 Sintió el aliento irregular en la garganta mientras se


           acercaba  al  estandarte  de  la  República.  Recordó  que

           siempre  había  deseado  que  Aníbal  ganase.  Había  algo

           repelente  en  la  avaricia  fría  y  falta  de  imaginación  de

           Roma. Y allí estaba, intentando salvar la ciudad. La vida


           resultaba una extraña ocupación.



                 Era un consuelo que Escipión el Africano fuese uno

           de los pocos hombres honrados que quedaron después de

           la guerra.



                 Cesaron  los  aullidos  y  el  clamor,  y  los  italianos  se


           retiraron. Everard vio algo similar a una ola que chocase

           contra  una  roca.  Pero  era  la  roca  la  que  avanzaba,

           gritando y clavando, clavando.

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