Page 175 - Un caso de conciencia -James Blish
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envueltas en el vaho, producto del  calor reinante, le


             repelía  como  de  costumbre,  o  quizá  más  que  lo

             habitual. Pero por lo menos tenía el consuelo de saber


             que no pasaría en ella el resto de sus días.

               En  cierto  modo,  el  Estado  de  Manhattan  era  un

             vestigio político y una ruina física. Lo que se atisbaba


             desde el mirador en que se hallaba era un gigantesco

             espectro de múltiples cabezas. Los pináculos ruinosos

             estaban deshabitados en su gran mayoría. A cualquier


             hora,  la  mayor  parte  de  la  población  del  Estado  (y

             también  de  las  mil  y  pico  ciudades‐estado  restantes

             esparcidas por todo el planeta) se hallaba bajo tierra.


               Las  zonas  y  núcleos  urbanos  subterráneos  eran

             autosuficientes.  Disponían  de  fuentes  de  energía


             termonuclear; tanto las granjas cultivadas en grandes

             espacios  blindados  como  los  miles  de  kilómetros  de

             conducción de plástico iluminado, por las que fluían


             aguas  con  abundantísima  suspensión  de  algas,

             aumentaban  sin  cesar;  gigantescos  frigoríficos


             conservaban  alimentos  y  medicinas  por  espacio  de

             varias décadas; las plantas para el tratamiento de las

             aguas  formaban  un  circuito  completamente  cerrado,


             con lo que incluso podía recuperarse la humedad del

             ambiente y las aguas de la propia red de alcantarillado

             de la ciudad; múltiples tomas de aire permitían aspirar


             sin  demora  las  emanaciones  tóxicas,  los  virus  y  las



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