Page 186 - Un caso de conciencia -James Blish
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con voz serena ‐. Todos necesitamos del jubileo, Mike,


             pero no voy a Roma con este objeto.

               - Entonces...


               - Debo ser juzgado allí por herejía.






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               Había luz en el lodo donde reposaba Egtverchi, en


             algún  lugar  al  este  del  Edén.  Pero  el  día  y  la  noche

             todavía no habían sido creados para él, ni había viento


             ni  olas  que  le  anegaran  y  le  obligaran  a  proferir

             aullidos para expulsar el agua de los hormigueantes

             pulmones  y  respirar  afanosamente  en  la  atmósfera


             sofocante. Trató esperanzado de arrastrarse valiéndose

             de los apéndices delanteros y observó que avanzaba un


             poco.  Pero  echó  en  falta  un  lugar  a  donde  ir  y  la

             presencia de algo o alguien de quien huir. La luz opaca

             era confortantemente parecida a la de un cielo nuboso,


             pero  Alguien  había  dejado  de  proveer  para  aquel

             período regular de oscuridad y carencia durante el cual

             un animal consolida sus fallas y bucea en su intuido yo


             para encontrar los ánimos suficientes que le permitan

             afrontar otra jornada.

               «Los  animales  carecen  de  alma»,  había  dicho


             Descartes, a la par que arrojaba un gato por la ventana



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