Page 257 - Un caso de conciencia -James Blish
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colocarse ante la pantalla tridimensional conectar de
un manotazo el encendido, era demasiado tarde para
salvar algo más. El universo se había despoblado y él
era el único morador. No quedaba nada ni nadie.
Pero cuando la pantalla se iluminó y no apareció la
imagen de Egtverchi, descubrió que hasta el yo era un
extraño. El interior del tenue caparazón que ocultaba
la irrefrenable conciencia de uno mismo estaba tan
vacío como una jarra puesta boca abajo.
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Ruiz‐Sánchez depositó en su regazo la carta
reproducida en fino paño y múltiples dobleces y miró
distraídamente por la ventana del compartimiento del
rápido en que viajaba. Hacía ya una hora que el tren
había salido de Nápoles, lo que equivalía poco más o
menos a casi la mitad del recorrido hasta Roma, y de
momento no había visto nada de la tierra que tanto
anhelaba conocer desde que llegara al estado adulto.
Además, tenia ahora un quebradero de cabeza. La letra
inclinada y de ancho trazo de Michelis era, en el mejor
de los casos, tan ilegible como la escritura de
Beethoven. Era evidente que la había pergeñado en
circunstancias adversas.
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