Page 301 - Un caso de conciencia -James Blish
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Ruiz‐Sánchez le mostró el escrito.
- Muy bien. Pero de todos modos tendrá que ver al
mayordomo de palacio. Las audiencias especiales se
celebran en el salón del trono, él le orientará.
¡El salón del trono! Ruiz‐Sánchez se sentía más
confuso que nunca. En aquel salón el pontífice recibía
a los jefes de Estado y a los miembros del Colegio
Cardenalicio. Era, sin duda, un lugar muy poco
adecuado para acoger a un pobre jesuita herético...
- El salón del trono es la primera estancia de la suite
de recepción ‐ indicó el mayordomo ‐. Le deseo que
todo salga según sus deseos, padre, y le ruego me
tenga presente en sus oraciones.
Adriano VIII era un hombre corpulento, nacido en
Noruega, que en el momento de su elección exhibía
una barba con apenas alguna cana y que ahora, como
era lógico, aparecía blanca como la nieve, único signo
qué delataba a un hombre de edad avanzada.
Ciertamente su aspecto era más juvenil de lo que
parecía en las fotografías o en las imágenes de la
telepantalla, donde se le marcaban más las arrugas y
fragosidades de su poderoso y tosco semblante.
Tanto respeto le impuso el continente del Santo Padre
que Ruiz‐Sánchez no reparó en la magnificencia de la
vestimenta de estado. Ni que decir tiene que no había
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