Page 297 - Limbo - Bernard Wolfe
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permanecían fijas. Jamás se le ocurrió pensar que,
cuando el hombre está permanentemente en
contacto con el auténtico mundo dinámico, tanto
interior como exterior, a un nivel silencioso,
cuando empieza a verbalizar, esos sonidos
estáticos y simbólicos vagan muy lejos de aquel
silencioso nivel de las cosastal, como son
percibidas.
Tras el sistema del pensamiento aristotélico
siempre hubo una creencia en el poder mágico de
la palabra. Una ilusión infantil y primitiva,
neurótica, una ficción megalomaníaca según la
cual los sonidos producidos por la boca influyen
en el mundo exterior. La clásica veneración griega
hacia la mente olímpica —la suposición
aristotélica de que simplemente volviéndose
hacía sí misma la mente humana podía crear la
verdadera naturaleza de las cosas y luego
encontrar los verbalismos necesarios para
expresar ese conocimiento— no era más que una
versión algo más sofisticada de esa misma con
fianza mágica en la palabra. Esta noción, debido a
que hacía que los hombres temblorosos se
sintieran importantes, rigió el pensamiento
humano durante numerosos siglos. Como
consecuencia de ello, el pensamiento permaneció
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