Page 368 - A La Deriva En El Mar De Las Lluvias - Varios Autores
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marcharse de allí riéndose y bromeando. En ese
momento, el rizzo dijo: Ahora; el SR‐91 se estremeció,
se oyó un fuerte «clunk» y Peterson notó que el
estómago se le subía a la boca cuando el avión cayó
en picado; pero el televisor seguía mostrando aquel
plácido mar de cirrostratos. Libre, le dijo el
comandante del B‐70, y el rizzo confirmó que el avión
nodriza había cambiado de rumbo y estaba ganando
altitud para emprender el vuelo de regreso a la AFB
de Nellis. Peterson encendió el motor de detonación
por pulsos, empujó el acelerador hacia delante y tiró
suavemente de la palanca de mando; notó una patada
en la espalda y la aceleración lo empujó contra el
asiento eyectable con más fuerza de la que era capaz
el F‐108D o la Habu y oyó que el rizzo soltaba un
resoplido por el intercomunicador. Los instrumentos
le decían que estaban acercándose a Mach 6 y que ya
estaban a más de ciento veinte mil pies mientras
sobrevolaban el Polo Norte y cruzaban el océano
Ártico hacia el mar de Kara. Estaban dentro de los
márgenes de la misión, volando a velocidades
hipersónicas a treinta y cinco millas de altitud, a
mitad de camino del espacio, con la pantalla del
televisor negra como la noche, pero iba en piloto
automático y así seguiría en su camino hacia el sur,
hasta internarse mil ochocientas millas en la URSS.
Los soviéticos tramaban algo cerca de Saratov, pero
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