Page 370 - A La Deriva En El Mar De Las Lluvias - Varios Autores
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podía ver eran fuegos y un espeso humo negro, los
restos de la batalla y extensas bases de tropas
soviéticas. Cada vez hacían despegar a los MiG‐25,
pero los interceptores tocaban techo a los ochenta mil
pies y Peterson se limitaba a sonreír y a preguntarse
por qué se molestaban.
Peterson está en el puesto de mando del ALM y
mira hacia fuera, a la superficie lunar. En la ventana
está grabado el LPD, con la retícula y las marcas
graduadas en pies, como si la vida en la Luna pudiese
someterse a mediciones. Y entonces piensa: los días y
los meses de aislamiento, las millas que ha recorrido
por el Mare Imbrium y las estribaciones de los
Apenninus. Ha contado cada segundo y cada paso y,
aunque no recuerda el número, ha medido
minuciosamente su exilio.
Eso acaba ahora.
A cincuenta pies se dibujan ocho figuras
embutidas en trajes espaciales blancos cubiertos de un
polvo gris oscuro. Una figura salta lentamente, se
eleva un par de pies y luego desciende. Otra, de unos
pies de ancho, extiende un brazo y se lleva una mano
a la visera dorada para saludar. A Peterson le
recuerda a una fotografía de los viejos tiempos del
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